Pero más interesante que los tópicos sobre la teoría de la verdad del marxismo -¡pobre Popper!- nos interesa ahora insistir en un componente central de dicha teoría: la subjetividad revolucionaria como requisito de objetividad científica, la esperanza como fuerza de praxis cognoscente, la rectitud humana como principio ético interno al conocimiento. De entre los múltiples textos al respecto he escogido los dos más breves. Es sabido que Bertolt Brecht fue un militante revolucionario capaz de expresar poéticamente la hondura humana, sus ataduras y miserias internas, pero también sus potencialidades grandiosas. Una vez escribió esto: "pensar es algo que sigue a las dificultades y que precede a la acción". Conociendo la personalidad de su autor, su rechazo sistemático de todas las interpretaciones negadoras de la función de la filosofía, de la praxis humana y de sus valores, en el proceso de conocimiento, resulta muy esclarecedora esta breve frase.
Poco antes de ser asesinada por policías bajo el mando y por las ordenes de sus ex compañeros de partido, Rosa Luxemburg escribía desde la cárcel: "Soniuska, amiga mía, conserve la calma y la serenidad a pesar de todo. La vida es así y hay que tomarla según viene, con valor, alta la frente y la sonrisa en los labios, contra todo y a pesar de todo". Quienquiera que conozca la intensa vida revolucionaria de Rosa Luxemburg, sus estancias en la cárcel, comprenderá el papel de esa filosofía vital en su desbordante capacidad teórica. Dice Rosa que "contra todo y a pesar de todo", copiando casi literalmente a Marx; "alta la frente" como la tenía G. Bruno al ser quemado vivo; la "sonrisa en los labios", reivindicando la visión esperanzada de Dante; conservando la "calma y la serenidad", refiriéndose a la 'paruxia' de Epicuro. ¿Quién niega que esas palabras exponen una filosofía coherente del conocimiento humano como praxeología?.
Lo niegan, claro está, los positivistas y neopositivistas. Por ejemplo, L. Stevenson ataca al marxismo diciendo que es una religión inaccesible a toda crítica científica. Cito a este autor por que su obra "Siete teorías de la naturaleza humana" es una de las mejores exposiciones, junto a la del antes citado A. Carrol, que por cierto lo dedica a empresarios, militares, sacerdotes y demás fauna, de esa corriente que expulsa la filosofía por la puerta para admitirla a escondidas por la ventana, como decía Engels. También están los que desde otra perspectiva que de forma amplia podríamos definir como la existencialista, militan abierta o subrepticiamente en la extrema derecha y hasta en el fascismo, con la honrosa excepción de Sartre. Berdiaef no dudó en decir que el existencialismo era a la filosofía lo que Mussolini a la política; G.Marcel alababa a O.Spengler, ideólogo del nazismo, monstruo con el que colaboró inicialmente Heidegger para luego permanecer pasivo e inerme en medio del holocausto al igual que Jaspers, quien años más tarde se "autocriticó" por su inacción volviéndose un activo defensor de la "democracia" yanki; por su parte, Ortega y Gasset y Unamuno fueron mimados por el franquismo. En cuanto a los "científicos" conductistas, genetistas, sociobiólogos y etólogos sociales, psiquiatras y psicoanalistas oficiales, sociólogos y politólogos, ¿qué hay que decir de su servilismo fiel y militante, además de excelentemente remunerado, en favor de la superioridad cualitativa del Occidente blanco, burgués y braguetero? Podríamos hablar del ultraindividualismo más feroz, a dos de cuyos voceros fundamentales ya hemos citado, pero que tienen en el español J.Hernández Pacheco y su texto "Elogio de la riqueza" un aventajado discípulo.
De un modo u otro, directa o indirectamente, pero siempre en contra en todo a la filosofía resumida en la carta de Rosa Luxemburg, el pensamiento dominante ha modelado un ser humano dócil, obediente y acobardado. Un ser así nunca es capaz de pensar independientemente, por su cuenta. Y cuando lo ha intentado, ha sido ilegalizado, perseguido, detenido, torturado, encarcelado o asesinado. Los poderes opresores disponen de medios represivos adecuados, activándolos con antelación según una especie de prevención represiva. Su intervención va destinada a reprimir también las ideas y el ejemplo práctico de ejercicio de la libertad en los momentos de optar por la emancipación. La historia del pensamiento subversivo, rebelde, utópico y ucrónico, milenarista, justicialista, comunalista y comunista, presocialista y socialista, etc, al margen de sus formas religiosas o laicas, deísta, panteístas, materialistas, agnósticas o ateas, reformistas o revolucionarias, esa historia está presente dentro del saber oficial como un dominio inmune a los exorcismos está sentado en el altar mayor de la catedral meando en el cáliz.
Necesitaríamos el mismo espacio que el que ocupa esta ponencia para enumerar en lo esencial la lista de los más conocidos revolucionarios, agitadores, librepensadores, libertinos y pecadores; amotinados, facinerosos e incendiarios; comecuras, quemaiglesias y herejes; bandoleros, salteadores y justicieros; huelguistas, saboteadores, insurrectos y guerrilleros que antes de ser masacrados predicaron o escribieron brillantes textos que, en el fondo, anunciaban el núcleo de la filosofía esperanzada y orgullosa de Rosa Luxemburg. Y en esa lista habría una alta presencia de mujeres pues ellas han estado siempre que han podido en lo alto de la barricada, en primera línea de fuego y en la clandestinidad más peligrosa. Todas y todos han mantenido la constante de optar en el momento crucial; de pensar con criterios y usos despreciados y ridiculizados por el saber dominante; de actuar desde y para pautas ético-morales excomulgadas y anatematizadas por el poder; de organizarse según métodos sorprendentes y originales que sólo han sido vencidos por la superior fuerza bruta del poder opresor. Por muchas precauciones metodológicas que tomemos; a pesar de considerar rigurosamente todos los cambios socio-históricos, contextuales y cosmovisionales entre ellos a lo largo de tantos siglos, aplicando éstas y todas las precauciones exigibles, aún así, es patente el hilo rojo de la emancipación personal y colectiva. Y el rojo hilo es el de la dialéctica revolucionaria de la libertad y la necesidad.
Pero decir que la libertad es la consciencia práctica de la necesidad es decir muy poco si no definimos qué es la ésta. L.Doyal y I.Gough han elaborado una "Teoría de las necesidades humanas" que desborda y supera por todos lados al soporífero libro de Agnes Heller: "Teoría de las necesidades en Marx". Para la pareja de autores citados hay dos necesidades básicas: la supervivencia física y la autonomía personal, viniendo luego once necesidades intermedias que no vamos a exponer. Los autores no profundizan, sino más bien lo contrario, en el núcleo marxista, pero al plantear correctamente el problema permiten abrir el debate por la puerta constructiva. De entre la literatura marxista podríamos escoger a los textos de Che Guevara sobre el "hombre nuevo", así como una larga lista de autores, pero pensamos que ninguno reúne las cualidades de la conferencia dada por I. Deutscher en 1966 con el título de "Sobre el hombre socialista", en la que desarrolla la celebérrima afirmación de Trotsky sobre los tres grandes problemas del ser humano: el hambre, el sexo y la muerte.
Si pudiéramos nos extenderíamos un tiempo en las relaciones entre esas tres grandes tragedias y las dos necesidades básicas expuestas por la pareja de autores arriba citada. Desgraciadamente vamos a limitarnos a aplicar concretamente a la supervivencia física y hambre; autonomía personal; sexualidad y, por último, la muerte, las lecciones que hemos podido extraer de este debate siempre desde y para la realidad histórica de nuestra nación, Euskal Herria. Antes de seguir debemos aclarar que si bien en la obra de Trotsky la autonomía personal no es una simple impregnación, sino uno de los componentes de la aleación de la que resulta la totalidad de las facetas humanas, y bastaría remitirnos a sus tesis sobre arte y cultura, o a su concepción estratégica del tránsito del capitalismo al comunismo, o a las ideas que sustentan su modelo de Ejército Rojo, aleación común, todo hay que decirlo, a los marxistas antiburocráticos, aquí aceptamos la separación específica de la autonomía personal como necesidad básica enunciada por L.Doyal y I.Gough por razones contundentes de limitación de espacio para integrar el tema específicamente personal autónomo en los tres puntos cruciales del asesinado L.Bronstein.